Era pequeño, de construcción fuerte. No como los nuevos que con un toque se desmadran completamente. Pues tenía varios meses con mi telefonito alemán, todo curvilíneo, aunque no el tipo de curvas de las modelos de revistas.
Esa mañana, como de costumbre, lo tomé en las manos para ver la hora. Estaba a tiempo para darme un baño, desayunar y llegar a la parada de autobuses para ir al colegio. Todo parecía perfecto. Afuera, el sol iluminaba la mañana con poca intromisión de las nubes.
Salí del baño y caminé a la habitación para vestirme. Cuando terminé, extendí la mano para tomar el teléfono y… ¿dónde rayo está? Simplemente, no estaba. Se fue sin despedirse. Lo busqué por un rato y desistí, porque me arruinaría los siguientes pasos para llegar a tiempo al colegio.
Tomé mi desayuno y el café con relativa calma, solo que seguía con la incógnita del paradero del teléfono. Al terminar, miré la hora en el reloj de pared del comedor y fui a la habitación a echar un vistazo antes de salir.
Tomé el autobús que me llevaría a la estación del tren y, al rato estaba en ruta al colegio.
Tomé las clases del día y, de vez en cuando el pensamiento se escapaba hacia el teléfono y el misterio sobre su paradero. Muchas teorías sin sentido me mantenían en ascuas hasta que llegara en la tarde a casa y pudiera activar el modo búsqueda y rescate. Para colmo de males, el amigo que me llevaba a casa después de clases, no asistió ese día. El regreso iba a ser tan atropellado como en la mañana, aunque a la inversa: tren y autobús.
Por fin llegué a la casa. Casi corrí hacia la escena del crimen, ¡digo! la habitación. Comencé en la esquina del escritorio donde lo ponía siempre, porque lo podía tomar sin levantarme de la cama. Busqué alrededor porque, obviamente, se había caído. Pero no estaba a la vista.
Recordé que, por alguna razón que escapa a mis conocimientos, los objetos siempre se caen y se apresuran a ocultarse debajo de algo. No estaba debajo del escritorio. Tampoco debajo de la cama. Bajé la cabeza casi hasta tocar el suelo y ¡zas! Vi algo azul debajo de una mesita pequeña que estaba al lado contrario de donde siempre ponía el teléfono. Era la tapa de la batería. A pocas pulgadas estaba la batería y, pegado a la pared, estaba la pieza principal del teléfono.
Lo armé todo lo más rápido que pude y pulsé el botón de encendido. Luego de varios segundos que parecieron horas, la pantalla se iluminó. La marca del fabricante se mostró nítidamente en la pantalla y, luego del sonido típico, aparecieron los iconos y la fecha y hora.
¿Qué rayos pasó?
Pues, como el teléfono estaba en modo vibratorio, “alguien” estuvo llamando insistentemente mientras me bañaba y el teléfono aprovechó la oportunidad para deslizarse hasta el precipicio para terminar su atribulada vida y por poco lo logra.
Esa mañana, como de costumbre, lo tomé en las manos para ver la hora. Estaba a tiempo para darme un baño, desayunar y llegar a la parada de autobuses para ir al colegio. Todo parecía perfecto. Afuera, el sol iluminaba la mañana con poca intromisión de las nubes.
Salí del baño y caminé a la habitación para vestirme. Cuando terminé, extendí la mano para tomar el teléfono y… ¿dónde rayo está? Simplemente, no estaba. Se fue sin despedirse. Lo busqué por un rato y desistí, porque me arruinaría los siguientes pasos para llegar a tiempo al colegio.
Tomé mi desayuno y el café con relativa calma, solo que seguía con la incógnita del paradero del teléfono. Al terminar, miré la hora en el reloj de pared del comedor y fui a la habitación a echar un vistazo antes de salir.
Tomé el autobús que me llevaría a la estación del tren y, al rato estaba en ruta al colegio.
Tomé las clases del día y, de vez en cuando el pensamiento se escapaba hacia el teléfono y el misterio sobre su paradero. Muchas teorías sin sentido me mantenían en ascuas hasta que llegara en la tarde a casa y pudiera activar el modo búsqueda y rescate. Para colmo de males, el amigo que me llevaba a casa después de clases, no asistió ese día. El regreso iba a ser tan atropellado como en la mañana, aunque a la inversa: tren y autobús.
Por fin llegué a la casa. Casi corrí hacia la escena del crimen, ¡digo! la habitación. Comencé en la esquina del escritorio donde lo ponía siempre, porque lo podía tomar sin levantarme de la cama. Busqué alrededor porque, obviamente, se había caído. Pero no estaba a la vista.
Recordé que, por alguna razón que escapa a mis conocimientos, los objetos siempre se caen y se apresuran a ocultarse debajo de algo. No estaba debajo del escritorio. Tampoco debajo de la cama. Bajé la cabeza casi hasta tocar el suelo y ¡zas! Vi algo azul debajo de una mesita pequeña que estaba al lado contrario de donde siempre ponía el teléfono. Era la tapa de la batería. A pocas pulgadas estaba la batería y, pegado a la pared, estaba la pieza principal del teléfono.
Lo armé todo lo más rápido que pude y pulsé el botón de encendido. Luego de varios segundos que parecieron horas, la pantalla se iluminó. La marca del fabricante se mostró nítidamente en la pantalla y, luego del sonido típico, aparecieron los iconos y la fecha y hora.
¿Qué rayos pasó?
Pues, como el teléfono estaba en modo vibratorio, “alguien” estuvo llamando insistentemente mientras me bañaba y el teléfono aprovechó la oportunidad para deslizarse hasta el precipicio para terminar su atribulada vida y por poco lo logra.
Las llamadas eran de mi amigo para decirme que ese día no iría al colegio.

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